Porque como contrapartida a estos aspectos, hoy asistimos a una concentración,
jamás vista anteriormente, de la producción y distribución alimentaria en
muy pocas manos. Las grandes corporaciones transnacionales
(TNCs), apoyándose en las élites agroexportadoras de los países
periféricos, dominan el comercio mundial de los productos agrícolas. Tres, cuatro
o cinco de estas compañías dominan más del 75% del comercio mundial
de cualquier producto alimentario, y algunas de ellas figuran en varios a la vez. En los
países centrales también actúan, esta vez con su redes de influencia y
presión en el aparato político, imponiendo sus intereses en la formulación
de las políticas económicas, como bien puede observarse al analizar la PAC.
Asistimos, pues, a una situación donde el productor agrícola y el consumidor
sufren las consecuencias de unas políticas establecidas cada vez mas lejos de su
ámbito de actuación, por unas élites que nadie elige
democráticamente, que escapan a cualquier control político y que actúan,
exclusivamente, en función de la rentabilidad del capital de sus empresas.
Se podrá objetar, y no sin razón, que la revolución verde ha tenido
aspectos positivos, pero analicemos el tema más despacio:
"Después de casi cuatro décadas de expansión sin
precedentes en los suministros de alimentos provenientes de la tierra y del mar, el mundo
experimenta una ingente pérdida de ese ímpetu. Entre 1950 y 1984, la
producción mundial de cereales se multiplicó por 2,6; superando al crecimiento
demográfico por un amplio margen y elevando la cosecha de cereales por persona en un
40%. El incremento de las capturas mundiales de pesca fue aún más espectacular:
se multiplicaron por 4,6 entre 1950 y 1989, lo cual duplicó las capturas de pescado y otros
productos del mar por persona. Juntos, estos procesos redujeron el hambre y la
desnutrición en todo el mundo y ofrecieron la esperanza de que algún día
serían eliminadas.
Pero en los últimos años estas tendencias de la producción de
alimentos por persona se han invertido con una brusquedad imprevista. En 1993, las capturas de
pescado por persona habían caído alrededor de un 7% desde la cota
histórica de 1989. Y después de 1984, el crecimiento de la producción de
cereales se ralentizó bruscamente, situándose por detrás del crecimiento
demográfico. Entre 1984 y 1993, la producción de cereales por persona ha
caído en un 11%. Los historiadores tal vez verán 1984 como un año
fronterizo que marca la transición entre una era de rápido crecimiento de la
producción de alimentos a otra de crecimiento mucho mas lento. "
(Lester R. Brown. Inseguridad alimentaria: un tema ineludible.
La situación del mundo 1994. Informe del World Watch Institute)
Si alguien tan poco sospechoso de radicalismo como Lester Brown nos advierte de este
peligro es que algo esta pasando. Además, habría que revisar los datos
estadísticos acerca del crecimiento de la producción agrícola ocasionado
por la Revolución Verde. La introducción de este fenómeno en muchas
comunidades locales significó también la monetarización de la actividad
agraria, que previamente se regía por otros mecanismos de intercambio (el trueque de
productos, por ejemplo) y que por lo tanto, no figuraba en las estadísticas oficiales y no
estaba incluída en el indicador por excelencia del "desarrollo”: el PIB, lo cual no quiere
decir que no existiese y no fuese relevante para esas comunidades.
Esta larga digresión por el tema de la seguridad alimentaria se debe a que
quizás sea este el tema de mayor transcendencia e importancia inmediata para el conjunto
de los pueblos del planeta. Pero no es el único. Sin salir del marco de los aspectos
económicos sociales, podríamos señalar el correlato en cuanto a la
distribución de estos productos.
En efecto, estos cambios en la producción agraria fueron acompañados por
una creciente concentración en todos los niveles
de transformación, distribución y comercialización. Poco a poco, los
sistemas tradicionales, de origen familiar y ligados a las zonas de producción, fueron siendo
reemplazados por sistemas de escala nacional e internacional, situados lejos de esas zonas y
conectados con grandes centros financieros. Ya hemos hablado del control ejercido por las TNCs
sobre el comercio mundial. Pero a escala nacional, también podemos observar un proceso
similar. Según el estudio del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación de
1994, la cuota de mercado para la alimentación en hogares fue la siguiente:
| Tiendas tradicionales: |
36,8% |
| Supermercados: |
36,2% |
| Hipermercados: |
14,7% |
| Mercadillos: | 3,0% |
| Otros: | 9,3%
|
En cuanto a las tendencias durante el período 1989 1994, el mismo informe
señala el fuerte descenso de las ventas en tiendas tradicionales, con una pérdida de
cuota del 13%, que pasó a los establecimientos de libre servicio. Por el contrario, desde
1987, los hipermercados han ganado un 11% en las ventas a hogares, siendo aún mayor
su porcentaje en las ventas a hostelería y restauración.
(Datos: La Alimentación en España. MAPA. 1984)
Esta concentración del mercado debe complementarse con el dato de
cuáles son las principales cadenas de comercialización de productos alimentarios
en el Estado Español. Estas son en orden decreciente: PRYCA, ALCAMPO y
CONTINENTE, con capitales de orígen francés y que canalizan en total el 13,2%
de las ventas. El cuarto comercializador es el GRUPO EROSKI, el único de capital
originario de nuestro país.
Aunque en el momento actual de nuestra investigación no podemos calibrar el
impacto sobre el empleo de esta concentración de la distribución, si podemos
adelantar algunas tendencias. La concentración de la comercialización tiene un
doble efecto sobre el empleo: pérdida neta de
empleos en el sector y pérdida de calidad en el
empleo, debido a la mayor precarización, menores salarios y peores condiciones
de trabajo en la contratación de personal por parte de las grandes empresas.
 
Consecuencias ecológicas:
No entraremos aquí en el análisis en detalle de las consecuencias
medioambientales provocadas por la agricultura productivista, sino que haremos una breve
enumeración de algunos de los efectos provocados. En primer lugar, cabe señalar
la pérdida de suelo fértil, que el uso
intensivo de abonos e insecticidas de origen fósil ha acarreado. Luego de unos años
donde aumenta espectacularmente la producción, se verifica un creciente descenso de la
productividad por hectárea, que no puede ser remediada con un aumento de los imputs
anteriormente citados.
En segundo lugar, y conectado directamente con el anterior, el uso de abonos e insecticidas
no biológicos significa una mayor contaminación
de acuíferos y aguas superficiales. Ya se puede vislumbrar en muchas zonas del
planeta el fuerte descenso de la calidad y cantidad de recursos hídricos, aspecto que
muchos analistas señalan como la principal causa de guerras para el próximo siglo.
Sin irnos muy lejos, tenemos el ejemplo de las Tablas de Daimiel, cuyo acuífero ha sido
agotado por la instalación de nuevos regadíos para la plantación de
algodón y girasol. Hay quienes opinan que la recuperación de este paraje es
prácticamente imposible. El peligro también se cierne sobre el Parque de
Doñana, la mayor reserva de vida salvaje de Europa. Podríamos continuar citando
ejemplos, tanto a nivel del Estado Español como de otros puntos del planeta, sin olvidar la
dramática imagen del barco pesquero en medio de un mar de dunas en la zona del Mar
Aral de Rusia. Por aquello de la imagen v las mil palabras, quedémonos con ella para
ilustrar este punto.
La deforestación de los bosques
húmedos provocada, como antes hemos señalado, por la
concentración parcelaria y, también por la necesidad de nuevas tierras para plantar
soja y cereales para el consumo del ganado estabulado en los países centrales, se hace
particularmente intensa en la Selva Amazónica y el Sudeste Asiático. Debemos
tener en cuenta que por cada hectárea dedicada a la alimentación de ganado en
Europa, debemos sumar dos hectáreas más en los países
periféricos. El espectacular aumento de la superficie dedicada al cultivo de soja en Brasil
y Argentina sólo puede explicarse en función del aumento de la producción
ganadera industrial, tal vez el cambio más importante de la producción agraria a
nivel mundial en los últimos 50 años. La imposición de la dieta americana
(de la que hablaremos más adelante) como ideal alimentario de la humanidad tiene mucho
que ver con este cambio.
También debemos hablar de la pérdida de
biodiversidad que ocasiona el remplazo de los cultivos tradicionales por semillas
híbridas, altamente devoradoras de agua e imputs energéticos. Este reemplazo,
exigido por las grandes cadenas de transformación y distribución, se hace extensivo
a toda producción agraria. Un buen ejemplo de esto se puede observar en el Reino Unido,
que posee una riqueza de más de 5000 especies de manzanas, aunque sólo se
comercializan 9 de ellas. Nunca en la historia, la humanidad ha sido dependiente de tan pocas
especies para su alimentación, lo que constituye un verdadero peligro en el medio y largo
plazo.
No podemos olvidar que paralelamente a la pérdida de biodiversidad asistimos a
un intento, cada vez más claro, por parte de las TNCs de hacerse con muestras de
variedades de cultivos tradicionales de todo tipo y obtener, así, un archivo genético
que les permita producir nuevas variedades de semillas manipuladas genéticamente y
venderlas con el respectivo cobro de patentes. Esta apropiación del patrimonio
histórico de miles de pueblos y comunidades del planeta para su explotación
privada, no deja de ser una acto de piratería más, de los tantos que jalonan la
historia de los últimos siglos. Las TNCs cuentan con el apoyo del GATT/OMC, que en
este tema abandona, sin ningún rubor, su defensa del libre comercio, para santificar el
Derecho de Propiedad Intelectual de las grandes compañías, olvidando y
marginando de este derecho a los pueblos que han conservado v desarrollado las especies en
cuestión. Debemos denunciar la actual concepción de la manipulación genética de semillas, presentada como
la nueva panacea para solucionar los problemas de la humanidad como anteriormente se hizo con
la revolución verde , como un nuevo elemento que aumentará aún
más la dependencia de los campesinos, los pueblos indígenas y los consumidores
hacia la gran industria y las grandes redes de distribución.
Donde, quizás, la pseudo-racionalidad de la rentabilidad económica alcanza
límites de verdadero absurdo es en lo relacionado con el transporte. Según datos de la Unión Europea, el
volumen de las mercancías transportadas aumentó, en el período 1986
1991, en un 8%. Sin embargo, la distancia recorrida por esas mercancías creció
en un 19%. Este mismo informe prevee un incremento del 90% del transporte de
mercancías para el año 2010. De resultar cierta esta prospección, los niveles
alcanzados por la emisión de C02, principal gas causante del efecto
invernadero, alcanzaría cifras insospechadas, en clara contradicción con el
compromiso de Río de reducir estas emisiones a los niveles del año 90. Aunque el
transporte por carretera consume 4 veces más energía por tonelada/km.
transportado, respecto al ferrocarril, el 81% del tráfico de mercancías se realiza por
carretera. Si comparamos el transporte aéreo y el marítimo la relación es
de 37 a 1 en favor del segundo. Sin embargo, en los últimos 10 años el transporte
aéreo de mercancías se incrementó en un 200%.
De todos los datos enumerados anteriormente, conviene detenerse en la diferencia entre
el volumen y la distancia recorrida por las mercancías transportadas. Esta diferencia
sólo puede ser explicada por los sistemas de centralización de la
distribución propios de las grandes cadenas de comercialización. El ejemplo de la
leche recogida en Cantabria, transportada hasta Aranda de Duero para su procesamiento y
envasado, y vuelta a llevar a Cantabria para su venta, es un claro ejemplo de despilfarro
energético. Otro, bien podría ser las botellas de agua mineral (con su
correspondiente envase de PVC) embotelladas en Gerona y vendidas en Madrid, mientras que un
agua similar embotellada en las cercanías de Madrid es vendida en Barcelona. Este absurdo
sólo puede obtener una rentabilidad económica mediante la externalización de los costes ocasionados por el transporte
sobre el conjunto de la sociedad. La construcción de autovías, el mantenimiento
de la Guardia Civil de Tráfico, la atención sanitaria de las víctimas de
accidentes de tráfico, son asumidos por la sociedad en su conjunto y no incorporados al
precio del producto, lo que se transforma en una subvención indirecta de la
producción y distribución en gran escala.
Lo mismo sucede en el caso de los envases. De los
14,2 millones de toneladas de residuos domésticos recogidos en 1994, el 31% son envases
de todo tipo. Su gestión recae, una vez más, sobre el conjunto de los
contribuyentes, mientras que la distribución a gran escala, que conlleva una mayor
necesidad de envases, se desentiende de los problemas que ella origina.
De todo lo expuesto, podemos deducir que la tan mentada rentabilidad económica
de la producción y distribución en gran escala, es una falacia más.
Sólo puede funcionar si la energía, el transporte y el envasado externalizan sus
costes, mientras que formas más directas de comercialización, menos intensivas
en estos factores, no sólo no son subsidiadas, sino que son penalizadas por medio de la
imposición de normas y estándares de calidad y sanitarios y agobiadas por
impuestos asfixiantes, en contraste con las grandes empresas que son sistemáticamente
desgravadas.
Consecuencias alimentarias y sanitarias:
La distribución en gran escala implica, además, la utilización de
conservantes de forma masiva. Muchos de estos son grandes tóxicos, provocando
enfermedades y muertes en los trabajadores del sector. Especial impacto tienen los utilizados en
la conservación de los frutos tropicales, como el café y el cacao, con un aumento
de los índices de cáncer e intoxicaciones por encima de la media nacional
respectiva.
Fruto del american way of life, que promociona los mass media,
se ha producido una expansión de la dieta
americana, muy consumidora de proteínas animales, grasas y azúcares,
por todo el planeta. Esta expansión ha ido desplazando dietas más sanas y
adecuadas al clima de los nativos, como es el caso de la dieta
mediterránea, muy denostada por "especialistas" hasta hace unos pocos
años y sin embargo, ahora revalorizada y recomendada como consumo para clases medias
y altas, con suficiente poder adquisitivo, una vez que los mercados de legumbres, cereales y el
aceite han sido controlados por las TNCs.
El consumidor también se ha visto afectado por el cambio de los hábitos
alimentarios. Han aumentado las enfermedades típicas de los países centrales:
diabetes, cáncer, enfermedades coronarias, etc. Los gastos que estas enfermedades
ocasionan tampoco son asumidas, aunque sea en una mínima parte, por la industria
alimentaria.
Resumiendo, las consecuencias de todo tipo originadas por la producción y
distribución en gran escala son enormes y dramáticas para la mayoría de
la población del planeta. Sin embargo, las grandes compañías beneficiarias,
unidas a las élites gobernantes asociadas con ellas, no sólo niegan su
responsabilidad sino que plantean la necesidad de aumentar su cuota de mercado como una salida
a los problemas que ella ocasiona.